¿Qué se esconde detrás de las marchas?

Firma invitada

Fernando Untoja

@FernandoUntoja

Bolivia atraviesa un momento profundamente crítico. Las marchas, bloqueos y hechos de violencia ya no expresan únicamente demandas sociales o disputas políticas normales dentro de una democracia. Lo que empieza a percibirse es algo más profundo: desesperación.

Desesperación de sectores que sienten que el tiempo político comienza a agotarse. Desesperación de grupos que durante años vivieron alrededor del control del Estado, de la distribución del poder y de la protección política, y que ahora observan cómo el desgaste económico, el rechazo ciudadano y la crisis institucional empiezan lentamente a derrumbar las bases del modelo que los sostuvo durante casi dos décadas. Por eso la violencia aumenta.

Cuando un proyecto político pierde legitimidad social, suele recurrir a la presión, al miedo y a la confrontación permanente para conservar presencia y capacidad de negociación. Ya no se moviliza desde la esperanza; se moviliza desde el temor a perder privilegios, impunidad y control.

Sin embargo, algo importante está ocurriendo en Bolivia: amplios sectores que producen, trabajan y sostienen diariamente la economía comienzan a rechazar abiertamente los actos vandálicos, los bloqueos y la destrucción. El pequeño comerciante, el transportista, el agricultor, el emprendedor, el trabajador independiente y miles de ciudadanos comunes ya no ven estas acciones como “lucha popular”, sino como agresiones contra su propia supervivencia.

Porque mientras los dirigentes hablan de revolución y resistencia, es el ciudadano común quien pierde: días de trabajo, ingresos, mercancía, tranquilidad, y esperanza de futuro.

Y aquí aparece la gran fractura del momento actual: el discurso épico de las movilizaciones empieza a chocar con una sociedad agotada de conflictos permanentes.

Bolivia comienza a descubrir algo doloroso: ninguna transformación política puede sostenerse indefinidamente sobre confrontación, miedo y destrucción económica. Un país no puede vivir eternamente paralizado entre bloqueos, amenazas y luchas faccionales mientras su estructura productiva se deteriora lentamente.

Al mismo tiempo, el llamado “Estado Plurinacional” muestra señales evidentes de desgaste y descomposición. Lo que alguna vez se presentó como un proyecto histórico de integración y justicia social terminó atrapado en: disputas internas por poder, burocracia gigantesca, corrupción, clientelismo, dependencia estatal, y creciente desconexión con las necesidades reales de la población.

Muchos ciudadanos empiezan a sentir que el relato ya no coincide con la realidad. La promesa de dignidad terminó muchas veces convertida en obediencia política.

La idea de hermandad derivó en confrontación permanente.

La inclusión se degradó en reparto de cuotas de poder.

Y el Estado terminó absorbiendo la vida económica y social hasta asfixiar la iniciativa individual.

Por eso las marchas actuales transmiten algo distinto: no fortaleza, sino ansiedad política frente a un modelo que comienza lentamente a perder cohesión social y legitimidad moral. 

Bolivia necesita recuperar serenidad, institucionalidad y respeto por quienes producen y trabajan. Porque ningún país puede construir futuro desde la destrucción cotidiana de sí mismo.

Y quizás la señal más clara del agotamiento histórico sea esta: cuando quienes dicen hablar en nombre del pueblo terminan enfrentándose precisamente al pueblo que trabaja, produce y quiere vivir en paz.

📅 15/05/2026

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