La pollera no humilla: el prejuicio sí
Firma invitada
Fernando Untoja
@FernandoUntoja
Hay en Bolivia escenas que parecen arrancadas de un teatro fatigado, donde los símbolos ya no conservan su antiguo resplandor y son arrojados al tumulto político como máscaras de carnaval. Un hombre vestido de pollera para ser humillado; una multitud riendo; otros escandalizados desde lejos, como si contemplaran una ceremonia bárbara salida de un pasado oscuro. Y alrededor de todo ello, la misma palabra repetida hasta el agotamiento: “indígena”. Una palabra dicha siempre desde afuera, como si nombrar bastara para comprender.
Pero desde nuestra mirada aymara, el espectáculo revela otra cosa: no la persistencia de una cultura ancestral, sino precisamente su deformación.
La pollera jamás fue, en el universo aymara, un instrumento de degradación ritual. La comunidad conoce la responsabilidad, el informe, el desacuerdo y aun la sanción; pero no el teatro grotesco que transforma un símbolo femenino en objeto de escarnio colectivo. Lo que aparece en estas escenas no es el ayllu, sino la lenta infiltración de prácticas sindicales autoritarias que sustituyeron la densidad de la vida comunal por la lógica de la presión y la humillación pública.
Y sin embargo, los observadores urbanos, los comentadores apresurados y ciertos intelectuales continúan describiendo estos actos como “expresiones indígenas”, como si el mundo aymara fuese una masa inmóvil detenida en el tiempo. Miran desde lejos y creen descubrir autenticidad allí donde sólo existe deterioro político. Confunden el ruido del resentimiento contemporáneo con la memoria larga de una civilización.
Más extraño aún resulta escuchar a dirigentes repetir, casi con fervor litúrgico, que son “hijos de una mujer de pollera”, como si la madre se transformara en credencial moral o en certificado automático de legitimidad política. La frase es pronunciada muchas veces no para comprender la historia de la mujer de pollera, sino para construir una teatralización de la víctima. Allí la pollera deja de ser experiencia histórica para convertirse en instrumento discursivo.
Porque la pollera no nació aymara. Fue una vestimenta colonial, impuesta y luego apropiada lentamente por las mujeres andinas, transformada con el tiempo en signo de trabajo, comercio, dignidad y continuidad cultural. La mujer aymara hizo de esa prenda algo propio mediante siglos de actividad económica, resistencia silenciosa y presencia en los mercados, caminos y ciudades. No fue una esencia originaria; fue una apropiación histórica. Y precisamente por eso posee profundidad.
Reducirla a disfraz de humillación o convertirla en simple emblema político significa destruir su espesor histórico.
Existe además otra confusión más profunda: muchos hablan permanentemente de “lo indígena” sin advertir que ese término no nace de nuestra tradición. Es una categoría exterior, construida por miradas coloniales, republicanas o ideológicas que necesitaban clasificar poblaciones para administrarlas, evangelizarlas o movilizarlas políticamente. El aymara nunca se pensó originalmente como “indígena” en el sentido contemporáneo del término. Esa palabra pertenece al vocabulario de otros.
Por eso resulta doloroso observar cómo incluso algunos terminan asumiendo esa identidad fabricada, reproduciendo una mirada ajena sobre sí mismos. La alienación comienza precisamente cuando el individuo se mira únicamente a través de categorías construidas fuera de su propia experiencia histórica.
Nuestra mirada no parte del resentimiento ni de la victimización perpetua. Parte de la cultura aymara como civilización viva, compleja y transformadora. Y desde allí debemos desmontar tanto el prejuicio racista de quienes ven barbarie en todo símbolo andino, como el discurso político que manipula esos mismos símbolos para producir obediencia emocional.
Porque una civilización muere no sólo cuando es perseguida, sino también cuando sus símbolos dejan de significar y se convierten únicamente en espectáculo.