Paz resucita a Evo
Firma invitada
Andrés Gómez Vela
@avelagomez
El gobierno decidió identificar a Evo Morales como autor intelectual y financiador de los bloqueos. Pero quizá está cometiendo un error político clásico: creer que atacar a un adversario debilitado siempre lo destruye. A veces ocurre lo contrario. A veces lo revive.
Aristóteles decía hace más de 2500 años que las cosas tienden naturalmente al reposo. Newton desmontó esa idea siglos después al demostrar que todo cuerpo está en movimiento. La política se parece más a Newton que a Aristóteles. Ningún liderazgo queda completamente quieto mientras conserve memoria, símbolos y seguidores.
Evo Morales ya no es el líder invencible de 2005. Tampoco el de 2016. Está desgastado. Perdió parte de la legitimidad que alguna vez tuvo. Mucha gente lo responsabiliza por la crisis actual: por el modelo agotado, por el culto al poder, por haber ignorado el 21F y por haber sembrado las divisiones que hoy consumen al MAS.
Sin embargo, el gobierno insiste en convertirlo nuevamente en el centro de la conversación nacional.
¿Por qué?
Porque necesita un culpable visible y porque culpar a Evo puede servir para esconder errores propios. Cuando faltan dólares, rumbo y certezas, siempre resulta más cómodo señalar conspiraciones que admitir deficiencias de gestión.
Pero toda estrategia política tiene costos.
Atacar permanentemente a Evo le devuelve protagonismo. Lo victimiza. Y el victimismo en política suele funcionar. Une emocionalmente a los seguidores. Les devuelve identidad. Les hace sentir que su líder está siendo perseguido.
La historia política está llena de ejemplos. Napoleón fue derrotado y exiliado, pero el miedo de sus adversarios terminó agrandando su figura histórica. Donald Trump convirtió cada proceso judicial en combustible electoral. Líderes aparentemente acabados han vuelto a respirar cuando el poder los convirtió en enemigos centrales.
El gobierno no está calculando un efecto más profundo y quizá más peligroso: hablar obsesivamente de Evo empuja a mucha gente a mirar hacia atrás. Y cuando el presente duele, el pasado empieza a parecer menos malo.
La memoria colectiva no funciona como un libro de historia. Funciona como una balanza emocional. Mucha gente recuerda las vulneraciones democráticas del evismo, sí. Pero también recuerda estabilidad económica, crecimiento, combustible sin filas y dólares circulando normalmente.
En tiempos de crisis, la gente no compara ideales. Compara sensaciones de vida.
Por eso, el gobierno podría estar cavando una paradoja: intentar hundir políticamente a Evo mientras simultáneamente reactiva la nostalgia de sus años de bonanza.
En política ocurre algo raro, quienes manipulan el pasado suelen terminar prisioneros de él. Quizá eso es lo que está pasando ahora.
El gobierno quiere usar a Evo como enemigo, pero corre el riesgo de convertirlo nuevamente en referencia.